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lunes, 31 de marzo de 2008

Paulina Aguirre, Nenúfar Combatiente

”Cuando el dolor, la sangre, el odio y la muerte son necesarios, miles de manos se tienden
para tomar las armas. Acuérdense ustedes de mí, Siempre”. (Paulina Aguirre Tobar)

Ondulado el espiral de su pelo se va trenzando con las manos del viento, mientras las castañas de sus ojos brillan en la oscuridad y sus pasos son pequeños como pequeña es su sonrisa de niña-mujer, cuando se dirige cerca de la medianoche, a la cabaña que ha arrendado allá en Lo Barnechea. Ha cumplido hace poco los 20 años, aunque el pasaporte a la adultez y a duras responsabilidades le fue otorgado por gracia y desgracia de oscuras circunstancias que cercan y cercenan el país allá en los 80 en plena Dictadura.

Los primeros días de marzo de 1985, la esfera terrestre pronuncia una contracción de placas intensa y dominical sobre Santiago y estampa de estrías y grietas las calles y los hogares.
La única pared sólida de su vivienda se ve afectada por este timbre telúrico, situación por la cual debe hacer abandono del inmueble por reparaciones en ciernes.

En el arreglo del panel, los albañiles a cargo encuentran escondido en un tabique interior un paquete con municiones y pertrechos. Éstos avisan a la dueña de la casa y ésta, a su vez al Ministerio del Interior, institución que envía a la policía política de la Dictadura a investigar.
Desde ese instante la siguieron, la espiaron hasta cuando volvió a su morada la noche del 29 de Marzo.

Abstraída en sus pensamientos, no logra escuchar la respiración jadeante de una manada de fieras que espera callada.

En los alrededores, cuelgan escondidos detrás y sobre los árboles ciertas crisálidas amorfas de ideas más amorfas todavía, que adornan cual hojarasca de hiedra venenosa el contorno del ambiente y se adhieren como sanguijuelas al tronco damnificado con su presencia.
Cual cubil civil adoptan posiciones fetales y letales. Mezquinos de pelo, lustrosos los zapatos, luctuosos en todo su sentir, esperan pacientes, como buenos pacientes de algún hospital psiquiátrico del cual han escapado hace poco, a su víctima que se acerca.

Las comunicaciones radiales son certeras, llevan tiempo siguiéndola. Todos en posición, la presa se acerca y ellos son presa de la excitación que les lubrica la paranoia.
Humedece el ababol de sus labios, la luna es un ojo gigante que la observa impotente de gestos y de palabras… Las estrellas alargan sus dedos intentando llamarla.
Falta poco para llegar a la casa, la noche la acompaña callada.

Mientras tanto, desdoblados y extendidos lleva Paulina ciertos planos sobre el taller delicado de su cabeza. Sobre la cubierta de un pupitre de madera deposita sus mapas sociales.
Va adosando ladrillos de anhelos sobre esa ciudad que pretende, junto a otros edificar. Construye puertas y ventanas sobre los arrabales, va cubriendo las goteras de los techos pobres con las palmas de sus manos. Pinta de un verde esmeralda la fachada de las casas, amasa el barro hasta hacerlo habitable y caminable para los pobladores.

Mira por última vez, sin saber que es la última, como se mueve la enredadera verde de los árboles.

En eso, una jauría hecha silencio ó el silencio hecho jauría quema la piel de la noche con la antorcha de la pólvora que esparce y empuja el plomo pesado, mortal y letal contra esos planos que ella dibuja. Un primer disparo, apaga las luces de ese humilde taller artesanal de sueños, un segundo disparo en la cabeza, derrumba la construcción de las casas, los techos y ventanas.
Las goteras ahora provienen del hogar de las palabras, de los amores y quimeras. Las gotas carmesí se desmayan sobre el césped y los adoquines.

Aún así empujada al precipicio de la muerte, se atreve a pronunciar una palabra, vocablo ensangrentado que no puede ver la luz, porque un disparo en el cuello es péndulo implacable que enmudece sus labios transitoriamente.

De sus manos no saldrán más acordes, ni poemas, ni ayudará a levantar ranchas. Las balas son clavos acerados que le rompen los huesos de las manos, de los brazos.
Ahora la enredadera negra de su pelo flota sobre el piso. Y ella, inmóvil, tranquila, sin saber que yace sobre el piso, sigue caminando. Tibio aún su cuerpo, el viento insiste en trenzar sus dedos con el ahora, rojo y negro de su cabello.

Estos actos de Salvajismo eran llamados “Enfrentamientos”. Acto en el cual, los actores militares y policiales que participaban, explicaban con lujo de detalles el terrible desafío al que habían sido expuestos.

El cuento consistía por lo general en que habían descubierto escondites terroristas o habiendo conminado ellos, a cierto civil a detenerse o identificarse, éste habría sacado de entre sus ropas o bolso o cartera o maleta, un arma de fuego, disparando contra el personal institucional.
Ante este cobarde y alevoso ataque a mansalva, con atenuantes y agravantes por parte de ciertos subversivos, no les habría quedado otra opción que hacer uso de sus armas de servicio y defenderse en contra de tan deleznables apariciones.

Cabe hacer mención que el término “enfrentamiento” aún es utilizado caprichosamente por parte de las instituciones. No con el ensañamiento de antes, pero sí para justificar de igual manera, cualquier abuso o ataque por parte del Estado en contra de civiles.

Paulina al verlos intentó sacar un arma de su bolso, hecho ante el cual, viéndose en inferioridad, no numérica, sino neuronal, personal profesional y especializado del ejército de Chile, quienes conformaban la Brigada Azul, habrían hecho uso y abuso de su coeficiente intelectual, disparando en ocho ocasiones a la adolescente, asesinándola en forma instantánea.

El falso enfrentamiento en el cual fue acribillada Paulina, ocurrió el 29 de Marzo de 1985, en la localidad de El Arrayán.

Algunos de los espantapájaros militares que participaron en este hematoma de la historia, han sido condenados, unos pocos enviados a una cárcel de tramoya, otros siguen sanos, retirados, vivitos y pensionados por el estado, eso en la parte militar, (la que apretó el gatillo) la otra parte, la empresarial, (la que financia Matanzas para aumentar sus Ganancias), permanece inmaculada como siempre. Nada nuevo bajo el sol.

Debido a la situación reinante, los servicios de seguridad pudieron haberla detenido fácilmente. Pero, ciertos maniáticos hacían gala de brutalidad para fundamentar los sueldos, las confianzas, alabanzas y escalar posiciones, cargos y responsabilidades sobre la espina dorsal de seres humanos indefensos

Obviamente, uno de los argumentos más convincentes de los militares fue (es) la muerte. Entre más sanguinaria y salvaje fuese esta, mayor sería (es) el grado de entendimiento y sometimiento de una determinada población.

Los farsantes envueltos en este caso, como en cientos de casos más, fueron absueltos y libres de pólvora y carne por los honorables y probos Juzgados Militares.

Incluso, bajo el prisma militar si se pudiera torturar a la historia para sacarle confesiones,
datos y fundamentos amañados, lo harían sin dudar. En nombre de la patria obviamente.
Si pudieran Detener y Desaparecer la Memoria Colectiva de los Pueblos, también lo harían.
Si pudiesen enterrar a cada persona que sabe de sus fechorías, si, también lo harían.
Lo que el Estado de Derecho no compra, tergiversa o deforma, ellos gustosos lo quemarían.

La rapidez del zarpazo militar, evitó por lo menos que no violaran a Paulina, que no la manosearon y torturaran, no pasaron sus pezuñas aceitosas y repugnantes sobre su cuerpo.

Con tres lustros en el cuerpo, “Luisa”, decidió ingresar a las filas del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR.

Estudió en uno de los colegios más combativos bajo la era Pinochet, el Liceo Valentín Letelier. En las esquina de Recoleta con Buenos Aires, sonreía y bromeaba con sus compañeros.
Familiares nortinos incomunicados, atormentados y fusilados. Padres torturados, encarcelados y exiliados.

El tas de sus cimientos fue temprana y duramente martillado por el dolor. Con 15 años ya se forjaba un combatiente popular.

No debió haber sido fácil para ella moverse entre tanta espina en aquellos años, pudo haber huido, arrancado, desertado de convicciones y pasiones y largarse a otros suelos donde recibían con vítores y dinero a ciertos “pobres chilenos exiliados”.

Se quedó, y eso le costó la muerte, pero también le valió que se quede para siempre entre nosotros.

¿Cuántas Paulinas Aguirre has visto protestar contra la educación patronal?
La sangre de Paulina fue canjeada por puestos, pensiones y posiciones por ciertos ex-miristas que dan cátedra y enseñanza en todos lados de cómo ser y dejar de ser, a cambió de un puñado de monedas venidas desde La Moneda.

Pero hay de aquellos que no olvidan, hay de aquellos que les tiemblan las manos y el pecho con tanto sacrificio anónimo realizado por seres ignorados, humildes, comunes y silvestres, valientes y olvidados.

Aunque fuera con piedras ínfimas contra la infamia, combatieron y contribuyeron a que tú estés leyendo medianamente tranquilo estas palabras, sin escuchar patadas y gritos a tu puerta.
¿Cuántas maneras hay de matar a un ser humano?
Sólo una. Olvidándolo

Andrés Bianque -
andresbianque@hotmail.com

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